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Monterrey apesta

Uriel Chavarría

Uriel Chavarría

📰 El NorteAug 30, 2026

Monterrey apesta

–¿Quién nos mata con esta pestilencia?
–Fuenteovejuna refinada, señor.
Adaptación libre de Lope de Vega

La Zona Metropolitana de Monterrey nuevamente apesta; un hedor ha vuelto a invadirnos. Sin embargo, la repugnancia del aroma es lo de menos. Lo alarmante es el impacto en la salud: respirar ese aire fétido implica inhalar partículas venenosas. Haya olor o no, la pestilencia es solo el síntoma intermitente de una contaminación que nos asfixia de forma continua.

Aquí la tragedia evoca al clásico de Lope de Vega: un pueblo unido bajo un pacto para encubrir un delito respondiendo: "Fuenteovejuna, señor". En NL vivimos la versión invertida de ese pacto. Cuando el ciudadano exige saber quién es legalmente responsable, el coro oficial contesta: "Nadie, señor".

En respuesta a la crisis de entre la lista de sospechosos comunes, se declaró que el origen es, otra vez, la refinería de Cadereyta. ¿Será? Ante esto, el Secretario de Medio Ambiente estatal viajó a CDMX para pedir al Gobierno federal que "audite de emergencia" los procesos de la refinería. Sin embargo, existe controversia entre expertos ambientales.

Por un lado, algunos conceden todavía un voto de confianza a las prometidas acciones estructurales gubernamentales en la refinería; otros no creemos en la simulación. La realidad es que las promesas de gasolina menos contaminante son ya un mito urbano y la quema de combustóleo pesado no ha disminuido.

Paralelamente, frente al alarmante repunte en los niveles de ozono, no se busca obligar a los emisores a reducir sus precursores químicos. Al contrario, se planea sustituir las alertas ambientales por "pronósticos informativos" flexibilizando los límites de ozono. El nuevo esquema exige que el ozono o las partículas PM10 aumenten en 4 en lugar de 2 estaciones durante más horas.

Se prefiere apagar el termómetro regulatorio para dictaminar que ya no hay fiebre. Además, se planea diluir la realidad aumentando el número de estaciones de monitoreo, elevando el requisito de sensores afectados haciendo más difícil disparar una alerta.

Por otra parte, es de recordar que durante el Mundial de Futbol 2026 nuestros cielos lucieron sospechosamente limpios, desatando una fuerte polémica.

Mientras algunos sectores argumentaban que las lluvias y la inestabilidad atmosférica del momento habían limpiado el aire, en las calles y entre diversos analistas corría un secreto a voces: la sospecha de que las chimeneas de la refinería habían sido "apagadas" o reguladas para maquillar la ciudad ante el mundo.

La estadística oficial no refirió disminución en la producción de la refinería ese mes; en contraparte, semanas después hubo lluvias que no disiparon en absoluto la contaminación.

Asimismo, queda claro que toda la estrategia de comunicación oficial huele a rancio y reciclaje. En 2021 nos juraron que una inversión de mil 570 millones de pesos reduciría el 90 por ciento de la contaminación; en 2023 duplicaron la apuesta con 3 mil 500 millones bajo la promesa de emisión cero, y a inicios de este año la nueva dirección de Pemex repitió el mismo guion de modernización tecnológica.

Nos han vendido de todo. Apenas la semana pasada, se anunció la validación final del tan aplazado Inventario de Emisiones Atmosféricas con datos obtenidos en el 2023. Esperamos con ansia un diagnóstico correcto.

En conclusión, es imperativo reconocer que el principal problema camina en nuestros propios zapatos: nosotros, los ciudadanos, somos los culpables de nuestra desgracia. Nuestra inacción, apatía y la cobarde comodidad de solo quejarnos entre nosotros es lo que le permite al Gobierno federal seguir con esta burla.

Nos jactamos de ser una sociedad trabajadora, líder y despierta, pero ante el aire que respiran nuestros hijos nos comportamos como seres sumisos y domesticados. Los destellos de dignidad del pasado –las marchas ciudadanas y los colectivos alzando la voz– se han diluido. Hemos decidido que es más fácil creer ciegamente que exigir el cierre o la modernización real de la planta. Volvemos a perdonar con una ingenuidad que da vergüenza, creyendo que "esta vez sí van a cambiar".

Al otorgarles el beneficio de la duda cada vez que la Ciudad apesta a químicos, firmamos nuestra propia sentencia. Mientras sigamos prefiriendo la amnesia voluntaria por encima del costo de la verdadera exigencia social, seremos los arquitectos de nuestro calvario.

Seguiremos siendo aquel maestro ciego y engañado de una película en la que el Gobierno nos pide buscar a un "Simitrio" invisible, mientras nosotros, por pura cobardía, dejamos que el verdadero culpable nos siga matando lentamente.

El autor es médico y consejero del Observatorio Ciudadano de la Calidad del Aire.