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Respirar a ciegas

Ana Cristina García Luna

Ana Cristina García Luna

📰 El NorteMar 8, 2026

Respirar a ciegas

En el Área Metropolitana de Monterrey estamos acostumbrados a mirar el cielo con sospecha. Hay días en que la bruma gris se instala sobre la Ciudad como una sombra persistente, recordándonos que el aire que respiramos no siempre es tan limpio como debería. Sin embargo, el problema de la calidad del aire no solo se refleja en el color del horizonte, sino también en algo más preocupante: la falta de información suficiente para saber con certeza qué estamos respirando.

Respirar es el acto más básico de la vida. Lo hacemos unas 20 mil veces al día sin pensarlo. Pero en una ciudad donde la contaminación es un problema crónico, esa aparente normalidad debería inquietarnos mucho más de lo que lo hace.

Pensemos en algo cotidiano: los alimentos. Hoy revisamos etiquetas, buscamos ingredientes más naturales y evitamos productos que puedan afectar nuestra salud. Hemos aprendido a cuestionar lo que comemos. Pero hay una contradicción evidente: si cuidamos la calidad de lo que ingerimos, ¿por qué aceptamos con tanta pasividad la calidad del aire que respiramos?

Un reciente análisis del Observatorio Ciudadano de la Calidad del Aire del Área Metropolitana de Monterrey revela una realidad que debería encender alarmas. Utilizando la única fuente pública de datos históricos disponible (plataforma del Sistema Nacional de Información de la Calidad del Aire del Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático), se encontró que durante 2025 al menos diez estaciones de monitoreo no tuvieron información suficiente para calcular un promedio anual confiable de partículas PM2.5.

Las estaciones con datos insuficientes se encuentran en Apodaca, Cadereyta, Escobedo, García, Guadalupe, Misión San Juan, Pesquería, San Bernabé, San Pedro y Santa Catarina. Dicho de otra forma: gran parte del territorio metropolitano quedó sin un diagnóstico claro sobre uno de los contaminantes más peligrosos para la salud.

Las partículas PM2.5 son microscópicas, invisibles, pero profundamente dañinas. Pueden penetrar en los pulmones y llegar al torrente sanguíneo, aumentando el riesgo de enfermedades respiratorias, cardiovasculares y muerte prematura. No estamos hablando de una molestia ambiental: estamos hablando de salud pública.

Lo más preocupante es que la falta de datos no significa que el problema no exista; significa que simplemente no lo estamos viendo con claridad. Es como si aceptáramos comprar alimentos sin etiqueta, sin fecha de caducidad y sin saber qué contienen, para luego servirlos a nuestra familia con total normalidad.

Nadie haría eso en su cocina. Pero eso es exactamente lo que ocurre con el aire.

Las estaciones que sí contaron con información suficiente (Juárez, Obispado, Monterrey Sur [ITESM], San Nicolás y UANL) muestran concentraciones preocupantes. Juárez registró un promedio anual cercano a 22.6 microgramos por metro cúbico, mientras que San Nicolás superó los 21. El promedio de las estaciones analizadas ronda las 18.8 microgramos.

Para dimensionar estas cifras hay que recordar que las recomendaciones de la OMS son mucho más estrictas. Es decir, incluso con datos incompletos, todo apunta a que el aire que respiramos está lejos de ser saludable.

A esto se suma otro problema que revela una preocupante falta de urgencia institucional. Desde el 1 de enero entró en vigor en México el nuevo Índice de Aire y Salud, un semáforo actualizado y más estricto que busca comunicar mejor los riesgos a la población. Sin embargo, el Estado todavía no lo aplica plenamente.

La paradoja es evidente: mientras la ciencia avanza para proteger mejor a las personas, la información que recibe la ciudadanía sigue rezagada.

Pero el problema de la calidad del aire no es únicamente técnico o administrativo. Es también un asunto moral.

Cada día miles de niñas y niños salen a jugar, caminan a la escuela o practican deporte respirando el aire de esta Ciudad. Ellos no deciden dónde se instalan las industrias, cómo se regula el transporte o qué tan estrictas son las políticas ambientales. Sin embargo, sus pulmones son los primeros en resentir las consecuencias.

Y eso debería obligarnos a hacernos una pregunta incómoda: ¿qué tan normal hemos llegado a considerar lo que no debería serlo?

Hablar de desarrollo, competitividad o crecimiento económico pierde sentido si no somos capaces de garantizar algo tan básico como aire limpio para las nuevas generaciones.

Porque al final, el verdadero problema no es solo la contaminación. El problema es que hemos aprendido a convivir con ella. Y a veces, lo más peligroso no es el aire sucio. Es la costumbre de respirar sin preguntar qué hay en él.

La autora es arquitecta, urbanista e investigadora.